lunes, 11 de mayo de 2009

El retrato de mi madre


Hay una mujer que tiene algo de Dios,
por la inmensidad de su amor,
y mucho de ángel,
por la inalcanzable solicitud de sus cuidados.

La mujer, que siendo joven, tiene la
reflexión de una anciana,
y en vejez, trabaja con el vigor de la juventud.
Una mujer, que siendo ignorante,
descubre los secretos de la vida,
y, si es instruida, se acomoda
a la simplicidad de un niño.

Una mujer, que siendo pobre,
se satisface con la felicidad de los que ama,
y siendo rica, daría con gusto todo su tesoro;
por no sufrir en su corazón, la herida de la ingratitud.

Una mujer, que siendo vigorosa,
se estremece por el llanto de su niño,
y siendo débil, se viste
con la bravura de un león.

Una mujer, que cuando vive, no la sabemos
estimar, pero después de muerta daríamos
todo lo que somos y todo lo que tenemos
por mirarla de nuevo un solo instante,
y, recibir de ella un solo abrazo
y escuchar un solo acento de sus labios.

De esta mujer, no me exijáis su nombre,
si no queréis que las lágrimas
empañen mi rostro, porque yo,
la vi pasar por mi camino.

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